martes, 12 de agosto de 2008

Bienvenido a la isla de ubuntu


Era una cálida noche de verano, el viento soplaba suavemente por encima de mi cabeza y el reflejo de la luna llena en el mar mostraba la belleza de aquel paraje. Llevaba meses a la deriva, sin saber muy bien porqué, el caso es que el pequeño velero en el cual viajaba se hundió sin dejar huella una mañana del otoño pasado.
Todo ocurrió muy deprisa, apenas tuve tiempo para reaccionar, de echo apunto estuve de ni contarlo, pues por alguna extraña razón que a dia de hoy no logro encontrar, el mar absorvió literalmente todo lo que alrededor poseia, inclusive mi alma.
Después de aquel suceso vagé por la inmensidad de aquel oceano sin nombre, agarrado al mastil de lo que fué mi unica casa, mi unico amigo, mi unica vida. Confuso y abatido por las penurias del hambre, la sed y la soledad del oceano, me quedé dormido. Y supongo que fue dormido, porqué aún me quedaban fuerzas para mantener la consciencia.

La luz me sorprendió, fruncí el ceño con la intención de proteger mis ojos y de repente pasé a estar sentado en la hierba, mi ropa estaba seca y olia con claridad la primavera. Giré la cabeza y observé la pradera que me rodeaba. Me era muy familiar, pues pertenecia al lugar donde nací y me crié. Aquel lugar tan amado y tan odiado, en el cual tantas veces había jugado a hacer rodar el cordis. Me froté los ojos con intención de salir del ensimismamiento en el que me encontraba y te ví. Estabas sentada justo a mi derecha y hablabas con rapidez, estabas contandome algo con el entusiasmo e ingeniudad que caracteriza la infancia. Enseguida retome el hilo conductor de aquellas acaloradas ensoñaciones. Entonces ocurrió algo. Algo que achaco al estado onirico en que me encontraba, pues en la dura realidad, jamás se podria realizar cosa parecida.
En aquel momento mágico de soñar como soñabamos, sentí como mi ser se desdoblaba y con el caracter observador que siempre me acompañó, me paré a analizar aquel momento. Todo se sumió en una neblina al observar a aquellos alocados interlocutores pisaban en una ciénaga de oficiosas mentiras, basadas en el arrastrar de las deficiencias sociales del lugar. Fue una sensación, cuanto menos placentera. Pues fue como ese jarro de agua fria que violentamente te derraman cuando te hayas en la suma embriagadez.
Fue, además, aquel jarro de aguas heladas el que me hizo saltar a la dura consciencia, o almenos así lo parecia. El tacto de la arena en mi cara producia un dolor agradable, me sentia agotado y sentía un pinchazo agudo en el estomago cuando levante la cabeza y pude observar donde me encontraba. En ese instante pude sentir la energía del lugar.

No hay comentarios: